dilluns, 1 d’octubre del 2012

La soledad del pedestal


La primera vez que me elevaron fue mágica, una suerte de nirvana hecho piedra y rodeada de nubes. 
Una pérgola de madera recreaba mi rincón especial, aquel al que tantas veces me veía obligada a huir cuando el mundo se tornaba gris y hostil, había enredaderas que abrazaban en espiral columnas de alabastro, el aroma de las mil flores que allí crecían invadían cada recoveco, ya fuera de noche o de día. El tenue sonido del arroyo y el runrún rítmico de los grillos siempre lograba adormecerme de modo que aprovechaba para tenderme sobre la hierba y descifrar nubes mientras el sol me calentaba con suavidad.

Así fue la ascensión. La caída fue terrible. Una y mil veces.

Jamás se pierde la cuenta de las ascensiones, quien sabe si debido a la poca cantidad, pero recuerdo cada escalada. La presión de los gatos en los pies, el olor del magnesio, el pulso acelerado, la tensión en las piernas, el sudor resbalando por la espalda, el dolor en los dedos, el sabor de la roca, el miedo, la lucha contra ti misma, el resuello constante, el encumbramiento, la satisfacción. 

Y entonces llega el abandono, la renuncia.
Pasé tanto tiempo aquí arriba aguardando visitas que perdí la cuenta de los días, de los meses, en ocasiones incluso años en los que me tuvieron aquí enjaulada. Si hubiera aprendido a volar...

Vuelvo al pedestal, sin ilusión y aislada de todo. Las columnas se han resquebrajado, ya no hay hiedra que las abrace, y la pérgola se ha desmoronado devorada por la carcoma. El suelo está agrietado, no hay sonidos que adormezcan, ni sol que entibie, ni hierba sobre la que acostarse. La única visita es la de alguna libélula despistada.

El camino es siempre dulce, atestado de palabras tiernas, de sueños colectivos, de gruñidos y susurros, de deseos de alimaña. Pero llegado el momento la reclusión todo lo empaña, y donde antes había horizonte ahora hay un muro de argamasa sin una simple capa de yeso.

Viejas costumbres... vuelvo a jugar al ajedrez con él, ese vacío existencial que siempre me será fiel, quizá el único. Hace años que intento que me enseñe a jugar al backgammon pero se niega, y es que siempre dejo que se coma mi rey.

5 comentaris:

Mónica ha dit...

Me gusta!!

Nikté ha dit...

Fale, soy una libélula despistada, pero una libélula ¡coño!

Esto es tan trágico... incluido el que te dejes comerte el rey. A saber que has querido transmitir de forma inconsciente, loca.

Suzie Jane ha dit...


Es que empiezo a estar harta de que me releguen al recuerdo. Te aplastan como a una flor en un cuaderno cualquiera y yo prefiero morir descompuesta al aire libre.

Kit ha dit...
Un administrador del blog ha eliminat aquest comentari.
Kit ha dit...

És tot un plaer tornar a llegir-te de nou, Madu!!! Sempre fas que pensar, cal llegir-te més d'un cop, per tastar el què ens estas explicant.

Merci!!!

Jordi Kitdelsvents