dijous, 8 de novembre del 2012

Quiero morderte



El parpadeo verde arranca a Jane del letargo. Escudriña el reloj y un hormigueo le eriza la espalda, quedan apenas unos minutos. Va a la deriva entre el deseo y la duda y cediendo al agotamiento deja la decisión en cascos y crin de su yegua. Busca convicción en la imagen que le devuelve el espejo aunque lo único que obtiene es una sonrisa de perplejidad y la mirada caótica: la antesala de lo que probablemente sea un episodio de locura (nada transitoria, en todo caso cíclica).
Se acomoda en el asiento del copiloto envuelta en una conversación insustancial que les de tiempo a llegar a donde sea que la lleve. Se decide por su casa. No podía negar que era el mejor sustituto al almuerzo tardío. El instante antes de desenredarse de sus ataduras se eterniza ruborizando sus mejillas y provoca que se muerda el labio con nerviosismo. Él lo sabe y juega dilatando ese espacio ofreciéndole una bebida. Cuando vuelve a entrar en la sala lleva consigo dos cervezas frías en una mano. Ella ya se ha puesto cómoda en el sofá y le espera con una idea a la que llevan dándole vueltas un par de días. ¿Dónde dices que vas a morderme?, le pregunta entornando los ojos. Si te parece empezamos... le aparta el cabello y antes de terminar la frase le muerde suavemente el cuello. Así da comienzo la insensatez. Emite un ligero sonido que él interpreta como una puerta abierta y coloca la mano derecha en su cintura, era tal y como había imaginado. Jane desliza su mano izquierda acariciándole la nuca y describiendo pequeños círculos con el dedo índice mientras cierra los ojos y siente como su lengua asciende por el cuello hasta llegar al mentón, donde la besa con cuidado resiguiendo la mandíbula. ¿Quieres que siga?, le pregunta burlón, no busques nada, bombón. Sonríe al oír el mote, le encanta que la llame así. Su respuesta es un beso húmedo que termina al clavarle los dientes en los labios acercándole hacia sí. Prácticamente tumbados sobre los cojines levanta la camiseta de ella dejando al descubierto la piel y el diminuto sujetador gris y rosa. Mientras se deshace de la prenda lame el ombligo y repta hasta llegar al pecho, donde se demora. Se incorpora y ella aprovecha para arrancarle el polo azul marino de trabajo. Su torso aún huele a sudor y a gasolina. Una dentellada en las costillas le hace gemir de sorpresa, esa no se la esperaba. Se abalanza encima de ella y la besa con fuerza incitándola a clavarle las garras en la espalda. Nota la presión dentro de los pantalones, es su turno, va a divertirse un rato prologando el deseo. Primero se libera de los leggins y luego le desabrocha el cinturón lentamente al tiempo que se muestran los colmillos. Bombón... que hoy no llegas a tu casa. Suelta una carcajada que él silencia al girarla sin previo aviso. Resbala la punta de la nariz por la columna con las manos colocadas a ambos lados de sus caderas. Cuando se encuentra con la goma del coulotte lo levanta con la boca y lo suelta de golpe produciendo un chasquido que la deja sin respiración. Aquí era, chiqui, susurra. Siente su respiración sobre la nalga derecha. ¿Me dejas?. Jane gira la cabeza y asiente.